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domingo, 9 de octubre de 2011

Se calló el Callao

En un lugar de la Alameda de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho que bebían unos amigos. Y se reían, cantaban, fumaban, flirteaban...

Foto de Zifra


Casi todos nos conocíamos y nos alegrábamos de vernos, aunque muchas veces no supiéramos nuestros nombres, ¿y qué más daba?

Cuando yo lo descubrí, era Antonio el que estaba detrás de la barra, un tabernero nada especial muy especial. Te contaba mil veces la misma historia. a veces, no hablaba, sólo sonreía con la mirada perdida en algún mundo que nadie conocía. 
No respetaba ningún horario de apertura. Básicamente abría cuando le apetecía y nadie rechistaba, ni perdía clientes. Siempre revoloteábamos esperando ver levantar la persiana.
 «¿Quieres gambas con la caña?» Y con una sonrisa traviesa y los ojos medio cerrados como  dos 'puñalás' en un cartón, te ponía un plato de altramuces.

Sentarse solo a la barra del Antonio tenía la ventaja de escuchar diálogos especiales:

«—Una cerveza.
—A mí, una fanta de limón.
—¿Sin 'ná'? Qué asco, tío...
—Deja, deja, que yo sólo bebo cuando trabajo.»

O encontrarte a los vecinos de arriba, muy, muy jubilados, él con el pantalón del pijama, ella con rulos y bata, tomándose un vinito antes de irse a dormir.

Por tener teníamos hasta nuestro YIR (el yonqui residente, como le llamaba mi amigo Zifra). Si le invitabas a algo, tenías flamenco asegurado toda la noche. 

Hasta donde yo sé, era uno de los pocos bares de Sevilla en los que, espontáneamente, alguien pedía la guitarra y se ponía a cantar: rumba, Triana, Silvio, Beattles, Bob Dylan... y todos los demás acompañaban o, al menos, lo intentábamos.




Teníamos guitarra española y también guitarra eléctrica.


Foto de Zifra




Era nuestro bar, el lugar a donde siempre queríamos volver.


Recuerdo la noche de la Nochevieja del 2001 al 2002, Antonio empezó a cobrar en euros, de una forma... especial


«—¿Cuánto te debo?
—Cinco euros.
—¿Cinco euros?¿Eso cómo va a ser?
—Seis euros.
—'Joé', vale...» 

Nadie pedía el libro de reclamaciones, porque Antonio te daba más de lo que pedías.
Cada vez que llevábamos a algún foráneo al bar, caía rendido bajo el hechizo del mismo llegando a protagonizar escenas esperpénticas que no se pueden, no se deben contar.




El cáncer sacó a Antonio de detrás de la barra y al tiempo lo apartó para siempre de su clientela. Al poco tiempo, encontré esto en Verdes valles, colinas rojas de Ramiro Pinilla





Y me lo recordó, mirándome y sonriendo con menos ojos que Juanito Valderrama.

Después de Antonio, Joaquín y Lorena nos devolvieron otra gran época en la que a los ingredientes ya descritos hay que sumarles las hordas de estudiantes Erasmus que aprendían el idioma en aquella barra de bar.


Foto de Zifra

También Zenet y su banda descansaban tras cada concierto en Sevilla y dejaron su impronta en las paredes: «Voy a tirar piedras al sol para ver si lo alcanzo» 


Foto de Zifra



En aquellas paredes se dejaron escritos poemas, tonterías, mensajes en clave entre amantes prohibidos...


Era el Callao, nuestro Callao.


¿Cuánto hacen que lo cerraron? ¿Un siglo?



He vuelto a pasar por esa esquina de la calle Lumbreras. Sabía que lo tenían otros dueños, me habían contado que hasta habían puesto ¿una tele? Lo que no sabía era que le habían cambiado el nombre. Un escalofrío congeló mi sonrisa al ver que habían tratado de borrar el mural pintado en la esquina.







domingo, 29 de mayo de 2011

Amigos que no he vuelto a ver (I): Laura


Esta mañana he creído verte en el gimnasio y he corrido a saludarte. No eras tú y esa otra sonrisa desconocida me devolvió a la realidad y me recordó que yo estaba de viaje cuando te enterraron.


El párrafo anterior lo escribí hace varios meses y se quedó ahí, no pude o no supe seguir escribiendo. Hace unos días, en ese mismo gimnasio, una amiga me contaba cómo otra de nuestras conocidas de la infancia renunciaba a luchar contra otro cáncer. Y lo peor de todos, parecía que los oncólogos también. Entonces volví a acordarme de Laura, a la que se refieren las primeras líneas de esta entrada.

Laura y yo fuimos amigas en el colegio. Desde mi primer y traumático día. Yo tenía que haber entrado en párvulos (lo que después se llamó preescolar y ahora educación infantil) pero como era un pelín despabiladilla ingresé directamente en primero de EGB. 

Nadie me conocía en la clase y fui observada con cautela y recelo, tanto que la que luego sería una de mis mejores amigas, Rocío, me quiso pegar porque insistía en que yo me llamaba Inma (era el nombre de una niña que había estado el año anterior con ellos en párvulos y que se fue del pueblo). Laura, prima de Rocío, se quedó a mi lado para defenderme, cosa que no hacía falta porque yo además de saber leer, escribir, sumar y restar, era una burra de cuidado, y me apresuré a coger una piedra para decorar la cara de quién se acercara a pegarme (sí, en el patio de mi colegio había piedras, muchas). Eso sí, mi porte heróico aquel primer día me valió el reconocimiento como segundo miembro de un duunvirato que dominaba a las niñas de la clase, Rocío y yo. 

Y como en todo ese tipo de regímenes políticos, frecuentemente había diferencias de intereses entre las dos mandonas y surgía la guerra. Las niñas de la clase se dividían inmediatamente en dos bandos, dos bandos que no se saludaban entre ellos y que se mojaban unas a otras queriendo en el aseo. En esos momentos, Laura lo pasaba fatal, porque era más amiga mía que de Rocío, pero yo no la aceptaba en mi bando porque era prima de mi mayor enemiga hasta la muerte; por otro lado, Rocío no la aceptaba en el suyo porque era mi mejor amiga y sería una espía. Y nuestra morena de ojos grandes lo pasaba fatal. Afortunadamente, nuestras guerras duraban poco y todas volvíamos a estar juntas. 

Me gustaba ir a juga a su casa porque, entre otras cosas que su padre había traído de Francia (qué lejos estaba entonces Francia), tenía un disco con la canción de Si vas a París, papá y nos encantaba cantarla, montando nuestra propia coreografía al más puro estilo del ballet Zoom.

Después, como ocurre tantas veces, pasamos muchos años sin vernos, a pesar de vivir en el mismo pueblo, cada una siguió su camino y los nuestros divergieron.

Cuando me contaron que tenía cáncer no la llamé. No supe qué decir después de tantos años, no me atreví. Seguí su lucha a través de una amiga común. Lloré, tuve miedo, me alegré, tuve esperanzas, volví a llorar, volví a temer. Ella nunca supo nada de esto, creo. Pero nunca la llamé. No sabía cómo hablarle a una mujer joven que pelea contra el cáncer. Pero la vida, generosa como es, me dio la oportunidad de aprender a hacerlo. Fue precisamente acompañando a mi hermana a una sesión de quimioterapia cuando me la encontré en el capullo del Hospital Virgen del Rocío.

Yo le llamo el capullo a la Unidad dependiente del Servicio de Oncología que se encarga de administrar la quimioterapia, porque mientras que estás allí, mientras dura el tratamiento, parece que hibernaras, que no pudieras formar parte de este mundo. Lo viví con Rocío y lo conté, parece que la estaban matando. Pero cuando sales te han regalado unas alas, unas alas nuevas y maravillosas, llenas de todos los colores (como las de Pepo en este cuento que nos encanta a mis enanos y a mí), pero llenas, sobre todo, de ganas de vivir y con una impagable lección de cómo priorizar asuntos en tu nueva vida. Es como el capullo que hace la oruga para transformarse en mariposa, sólo que esta metamorfosis no es natural sino que necesita de la complicidad de muchísimos profesionales que dedican su tiempo y profesionalidad a conseguirlo. Es cierto que no todos saldrán con alas, pero no será porque no lo intenten con entusiasmo y trabajo.

Al llegar aquella mañana al capullo, ella me vio y se acercó con una gran sonrisa, como siempre, se algraba tanto de verme... Tanto miedo a buscar las palabras que no hicieron falta... Nos abrazamos con cariño y fuerza, nos sonreímos, nos preguntamos por los niños, nos dijimos lo guapas que estábamos, lo normal entre dos viejas amigas. Rocío y ella, que ya se habían encontrado muchas veces allí, se chocaron los cinco como dos raperos del Bronx:

-Vamos, Laura, ¡una menos!
-Claro que sí, ¡una menos!

Después de aquel encuentro casual no volví a verla, prometimos vernos para irnos de juerga después de las quimios, salida de chicas, dijimos. Pero no quedamos. Me contaron lo de la metástasis y antes de que me diera cuenta, a la vuelta de un viaje, mi madre me dijo que había estado en su funeral. Quizás por eso aún creo encontrármela en muchos sitios, porque no nos despedimos.





Sí, es ésta una historia con final triste, pero es que de ésas también hay, muchas.

Escribiendo esta entrada recordé un libro de Vidal-Folch, Amigos que no he vuelto a ver y he pensado que ésta es la primera que voy a etiquetar así, con permiso de Ignacio:


Amigos que no he vuelto a ver

Hay muchos, muchas personas, no necesariamente todos llegaron a ser amigos, pero si protagonizaron algún momento especial en mi vida, mágico, loco, triste, dramático...pero a los que por unas circunstancias u otras no he vuelto a ver. Pero no os asustéis, hasta donde yo sé, los n-1 restantes siguen vivos.