"-Mamá, ¿con cuántos años ya eres lo que quieres ser de mayor?"
Me preguntó mi hijo de 6 años ayer cuando íbamos los dos solos en el coche y después de ver a un chico negro que vendía pañuelos en un semáforo, que, por cierto, es uno de los oficios que él tiene en su lista de deseos.
¿Qué contesté? Pues, le dije que dependía de lo que quisieras ser, que de la Universidad se salía a los 23...y no recuerdo que más. Francamente, me pilló desprevenida y algo nerviosa, porque de hecho lo llevaba a urgencias con un agudo dolor abdominal (que no fue nada).
Por la noche, cuando subí a darles un beso a mis dos hijos, en sus mejillas dulces, calentitas y sonrosadas, me quedé embobada mirando al enano y recordando su pregunta. De pronto, me hizo gracia descubrir que, a sus 6 años, tiene unas preocupaciones muy profundas, entre las que cabría resaltar las tres que dan título a esta entrada: Dios, π y el infinito.
Sobre la última de ellas, recuerdo una noche de este verano, sobre las 2 de la madrugada que me llamó a su cuarto:
-"¡Mamá! ¿es verdad que si intento contar hasta infinito primero me muero?"
Está sudando y temblando, con los ojos como platos. Seguramente tuvo una pesadilla, seguramente su hermano mayor, de 8 años, mi
gafotas le ha hablado del infinito de un forma muy apasionada.
-"Duerme, cielo, no pasa nada. Nadie se muere por contar"
Y se vuelve a quedar dormido pero con el ceñito fruncido, no parece que le haya convencido mi respuesta.
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| "Ponte ahí que te hago una foto en el infinito" le dice mi hijo mayor a su hermano pequeño. |
En otra ocasión, mientras jugaba con sus cartas Pokemon sobre su alfombra, afirmó, con vehemencia, convicción y satisfacción:
-"Bueno, claro. El infinito, en realidad, sólo sirve para cuando estás cansado de contar."
Y sigue jugando aliviado.
Ya convive relativamente bien con el concepto, aunque no acaba de entender por qué ∞-∞ NO es cero.
En cuanto a su fijación con π, le viene desde que su padre tiene esta camiseta
y preguntaron por el significado. Se ve que la unidad imaginaria i no les interesó demasiado. Sobre π, les explicamos que valía un poco más que 3 y mucho menos que 4, y que sirve para medir el círculo. Desde entonces, cuando quiere engatusarme, se acerca
"-Mamá, te doy π besitos"
Y me zampa 3 besazos y un besitito suavito, suavito.
También en la época en la que le fue presentado π , estando almorzando los cuatro en una pizzería, salió de su ensimismamiento gritando:
"-Claro, ¡por eso se llaman PI-zzas! ¡Porque son redondas!
-¿Ein?
-Claro, para medir los círculos "se necesitamos" π "
Y siguió comiendo, sonriendo, satisfecho y feliz.
Evidentemente, el hecho de que sus padres seamos matemáticos puede motivar estas "preocupaciones", la otra, la de Dios, viene del hecho, supongo, de que en su clase de 25 alumnos, sólo 3 no cursan religión (católica).
Esta situación provoca que él (y el gafotas) quieran cursar la citada "asignatura". Yo, tranquilamente y en términos adecuados para su edad, creo, les expongo nuestros argumentos, basados en la ciencia. Él se cansa:
"-Pero, mamá, Dios es nuestro padre.
-¿Sí? Que te compre él las botas de fútbol.
-¡El tuyo también, mami!
-No, mi padre es tu abuelo Salvador que es el que me cuidó siempre.
-¡Que sí, que me lo han dicho los católicos!"
Y para terminar su argumentación, bufa:
"-Mamá, Díos SÍ existe, lo que pasa es que tú sólo estudias matemáticas todo el rato y no lo sabes!"
El otro día, antes de lanzar un penalty jugando con sus hermanos, lo vi persignarse:
"-¿Qué haces, cielo?
-Cosas de futbolistas, mamá."
Así que aquí estamos expectantes, atentos al devenir de este jovencito, sin saber si finalmente será matemático o tal vez chamán, homeópata o cualquier otra variante moderna de magufo.