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jueves, 8 de noviembre de 2012

¿Cómo sabes tanto, hija?


Ayer estuve  en casa de mis padres y, entre otras cosas,  estuvimos viendo, de nuevo, el vídeo de mi comunicación sobre Diagramas de Voronoi en Amazings 2012 (mi madre dice que estoy monísima)






y escuchando, de nuevo, (son mis padres, no lo olvidéis), la entrevista que me hicieron en el Radioscopio (a partir del minuto 6:31 comienza la sección dedicada a Voronoi, gran programa de divulgación, por cierto) y la de ABC Punto Radio (a partir del minuto 15).

Al terminar de escuchar todo esto, de lo que no sé si mis padres entendieron mucho, ni falta que les hace, mi madre, con los ojos cargados de emoción (no solo por lo que acabábamos de escuchar y/o ver) me miró y me dijo:

--Qué alegría, hija, ¿tú cómo sabes tanto? 

La respuesta era fácil. Sé tanto, mamá, porque tú y papá os habéis sacrificado toda vuestra vida para que mis 5 hermanos y yo pudiésemos tener un futuro mejor que el que os dejaron a vosotros, nada sería posible sin vosotros. Pero, además, sé tanto, mamá, gracias a a un sistema de Educación pública. Gracias a mi  colegio público, a mi  instituto público, a mi Universidad pública, gracias al sistema de becas del Ministerio, a mi  doctorado en la Universidad pública y a que he realizado investigación en la Universidad pública. 

Mamá, Mati existe, sobre todo, gracias a vosotros y a la Educación Pública.

Creo que la respuesta convenció a mi madre porque me dijo:

--¿Te has quedado con hambre? ¿Quieres un dulce?


No hay dulce para contrarrestar el sabor de boca que se me quedó al salir de casa de mis padres y pensar en cómo los expertos de este país están intentando destrozar la Educación Pública, la Universidad Pública y la Investigación en nuestro país.

Eso sí, somos campeones de Europa y del mundo, qué coño... y como compartimos el ministro...

P.S.: Por cierto, tanto, tanto, no sé, porque no consigo entender qué está pasando en este país.

domingo, 22 de julio de 2012

Cuéntame la crisis

Cada vez que leo las decisiones de nuestro gobierno,  siento que me están tratando de engañar, que me están contando mucho cuentos... Historias de terror, la mayoría de ellos. Con esta sensación en el estómago y siguiendo la misma idea que en una entrada anterior de este mismo blog, os propongo unos microrrelatos, siete concretamente, tratando de recrear algunos cuentos clásicos en la situación actual de crisis de nuestro país. 


Y también en esta ocasión, como en la entrada anteriormente citada, dedicados a todas las caperucitas que nunca fueron abordadas en el bosque y a todos los lobos que no se atrevieron a tomar el atajo.


¿Y ahora qué? 
—¿Te apetece una copa?
—Claro, ¿no trabajas hoy?
—No, me han despedido.
La cigarra cantó tratando de alegrar a su amiga que tenía la mirada perdida en algún punto de aquella copa.

Fuente


¿Queda la música? 
—¿Qué haces perro? ¿Dónde está tu laúd?
—Lo he vendido, me quedo. Ya nadie va a los conciertos en Bremen.

Fuente

El cristal se rompe en el pataleo 

Cenicienta no llegó a probarse nunca aquel zapato. Cuando el Duque pasó por su casa ella estaba en la manifestación.


Fuente


Quiero ser científica

La Bestia siguió viviendo sólo y escondido. No soportaba el dolor de verla irse a otro país para seguir su carrera.

Fuente


¿Dónde está ahora el leñador?
—Ya me avisaron de que intentarías engañarme proponiéndome un atajo por el bosque.
—No, hoy no. Sólo vine a avisarte de que están desahuciando a tu abuelita.

Fuente

 La mina de diamantes también es mina
—¿Dónde está Mudito? ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?
—Está detenido. Lo acusaron de gritar consignas contra la reina durante nuestra marcha.
Fuente
 Demasiado corazón
—Llévale la gallina a tus padres. Os darán mucho por sus dorados huevos.
—¿Así? ¿Sin más? ¿Dónde está el Gigante?
—No llegaron a tiempo. Demasiados corazones para tan poco médicos.
Fuente




Y a ti, ¿qué cuento se te viene a la cabeza y cómo cambiaría en este panorama de crisis?

sábado, 28 de enero de 2012

El zapato de cristal: el musical

Como ya os dije en mi anterior entrada, casi cuando acababa el año, me habían pedido permiso para usar un microrelato mío como inspiración de un tema musical.

Pues aquí está. No sé si soy objetiva, pero me encanta esta música. Muchas gracias, Dreamtopia.

De paso, podéis pensar también, mientras escucháis la música,  en este otro microrelato que mi querido Fakun me regaló el día de mi cumpleaños. Muchas gracias, Fakun:

domingo, 9 de octubre de 2011

Se calló el Callao

En un lugar de la Alameda de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho que bebían unos amigos. Y se reían, cantaban, fumaban, flirteaban...

Foto de Zifra


Casi todos nos conocíamos y nos alegrábamos de vernos, aunque muchas veces no supiéramos nuestros nombres, ¿y qué más daba?

Cuando yo lo descubrí, era Antonio el que estaba detrás de la barra, un tabernero nada especial muy especial. Te contaba mil veces la misma historia. a veces, no hablaba, sólo sonreía con la mirada perdida en algún mundo que nadie conocía. 
No respetaba ningún horario de apertura. Básicamente abría cuando le apetecía y nadie rechistaba, ni perdía clientes. Siempre revoloteábamos esperando ver levantar la persiana.
 «¿Quieres gambas con la caña?» Y con una sonrisa traviesa y los ojos medio cerrados como  dos 'puñalás' en un cartón, te ponía un plato de altramuces.

Sentarse solo a la barra del Antonio tenía la ventaja de escuchar diálogos especiales:

«—Una cerveza.
—A mí, una fanta de limón.
—¿Sin 'ná'? Qué asco, tío...
—Deja, deja, que yo sólo bebo cuando trabajo.»

O encontrarte a los vecinos de arriba, muy, muy jubilados, él con el pantalón del pijama, ella con rulos y bata, tomándose un vinito antes de irse a dormir.

Por tener teníamos hasta nuestro YIR (el yonqui residente, como le llamaba mi amigo Zifra). Si le invitabas a algo, tenías flamenco asegurado toda la noche. 

Hasta donde yo sé, era uno de los pocos bares de Sevilla en los que, espontáneamente, alguien pedía la guitarra y se ponía a cantar: rumba, Triana, Silvio, Beattles, Bob Dylan... y todos los demás acompañaban o, al menos, lo intentábamos.




Teníamos guitarra española y también guitarra eléctrica.


Foto de Zifra




Era nuestro bar, el lugar a donde siempre queríamos volver.


Recuerdo la noche de la Nochevieja del 2001 al 2002, Antonio empezó a cobrar en euros, de una forma... especial


«—¿Cuánto te debo?
—Cinco euros.
—¿Cinco euros?¿Eso cómo va a ser?
—Seis euros.
—'Joé', vale...» 

Nadie pedía el libro de reclamaciones, porque Antonio te daba más de lo que pedías.
Cada vez que llevábamos a algún foráneo al bar, caía rendido bajo el hechizo del mismo llegando a protagonizar escenas esperpénticas que no se pueden, no se deben contar.




El cáncer sacó a Antonio de detrás de la barra y al tiempo lo apartó para siempre de su clientela. Al poco tiempo, encontré esto en Verdes valles, colinas rojas de Ramiro Pinilla





Y me lo recordó, mirándome y sonriendo con menos ojos que Juanito Valderrama.

Después de Antonio, Joaquín y Lorena nos devolvieron otra gran época en la que a los ingredientes ya descritos hay que sumarles las hordas de estudiantes Erasmus que aprendían el idioma en aquella barra de bar.


Foto de Zifra

También Zenet y su banda descansaban tras cada concierto en Sevilla y dejaron su impronta en las paredes: «Voy a tirar piedras al sol para ver si lo alcanzo» 


Foto de Zifra



En aquellas paredes se dejaron escritos poemas, tonterías, mensajes en clave entre amantes prohibidos...


Era el Callao, nuestro Callao.


¿Cuánto hacen que lo cerraron? ¿Un siglo?



He vuelto a pasar por esa esquina de la calle Lumbreras. Sabía que lo tenían otros dueños, me habían contado que hasta habían puesto ¿una tele? Lo que no sabía era que le habían cambiado el nombre. Un escalofrío congeló mi sonrisa al ver que habían tratado de borrar el mural pintado en la esquina.







martes, 20 de septiembre de 2011

Vota Mati: We can do it!





Hoy han salido las primeras clasificaciones parciales de los Premios Bitácoras 2011 y entre ellas, las de Mejor Blog de Educación. 

En ésta, en un maravilloso 2º puesto está nuestra Mati y sus Mateaventuras. 

Sí, Mati es la pelirroja con gafas que aparece en el margen izquierdo de este blog y que cada 15 días, nos trae alguna nueva aventura desde el Pequeño Libro de Notas 

La idea de estas entregas es la de acercar el maravilloso mundo de las Matemáticas a todos, contando de forma cercana, o, al menos, eso intentamos,, tanto curiosidades clásicas y muy conocidas, como otras más nuevas dentro de la Matemática Discreta que es el campo donde yo me "muevo" 

Mati no está pensada sólo para niños, también para educadores, familias y, en definitiva, para cualquier persona curiosa que quiera divertirse con las mates. 

Mati nace del encuentro, por culpa de @LaReciclante , entre una artista catalana, Raquel Garcia Ulldemolins y una matemática andaluza, yo misma. Parece el principio de un chiste, pero es el principio de una historia de trabajo e ilusión que, cada quince días, se convertirá en un nuevo capítulo. 

Así, que si te gusta nuestro proyecto y quieres ayudarnos a conseguir un premio en los Bitácoras 2011, te invitamos a votarnos en los mismos. Es muy fácil, son 2 minutos. Te cuento a continuación cómo:




En la esquina superior derecha, te registras como nuevo usuario, donde pone Entrar (si tienes cuenta de Facebook o de Twitter, pincha sobre el icono correspondiente y sólo tendrás que elegir un nombre de usuario en Bitácoras, ellos importan tus datos desde Facebook o Twitter)


 Seguidamente rellena los campos con tus datos y creas el usuario



Luego vuelves a http://bitacoras.com/premios11 y seleccionas Votar, en el menú azul claro debajo del menú azul más oscuro de la cabecera de la página



Busca la categoría Mejor Blog de Educación y escribes la dirección de Mati. La dirección de Mati es http://pequenoldn.librodenotas.com/matiaventuras


 Finalmente, realiza la confirmación de seguridad y pulsa VOTAR



Muchas gracias a todos los que nos habéis votado y a los que no, ¿a qué estáis esperando? ¿eh? 

jueves, 1 de septiembre de 2011

Credenciales


Ayer decidí bajar a la playa de las Cortinas, a través del garito Caños Piratas.

Un chico lleno de tatuajes y piercings con el torso descubierto barría la escalera.

―Buenos días, ¿puedo bajar por aquí hasta la playa?

―Claro, 'mujé', ¿'po' no 'va' a 'podé'?, chiquilla... Ahora, pero una cosa te voy a 'decí': ¡mira! ―se baja el pakistaní de rayas y me enseña su culo, intensamente bronceado (y turgente, por cierto) ―Nada de tonterías, ¿eh?, que se está convirtiendo esto en una playa normal con tanto 'bañadó'... coño...


―Tranquilo, confía en mí.


Le enseñé el mío.



jueves, 18 de agosto de 2011

Mi sueño de África (por culpa de Javier Reverte)

Yo tenía un viaje a África, al cráter del Ngorongoro...



Este comienzo a lo Blixen tiene un final bastante decepcionante, pero es otra historieta de mi vida y, como tal, llegará a mis pobres nietos las tardes de lluvia en las que, melancólica, les toque escucharme.



He comenzado este verano a leer El río de la Luz de Javier Reverte, y al volver a 'escuchar' a Javier describiendo los pasajes de Alaska y las historias sobre aventureros como el mítico Jack London, o sobre ataques de osos y naufragios, me vino a la cabeza el primer libro que leí de este mismo autor El sueño de África y que fue el culpable, de ahí el subtítulo de esta entrada, de mi sueño de ir a la África negra.

Por si no lo habéis leido, cosa que os recomiendo que hagáis en cuanto podáis, en las páginas del mencionado libro, Reverte se deja caer con párrafos como

«A cualquiera que afirmase con Kampala es una ciudad bonita lo tomarían por loco. Yo la encontré hermosa.  A primera vista, es fea y desgarbada. Pero es necesario aprender a comprenderla. A Kampala debe mirársela desde sus colinas, pero hay que vivirla en sus hondonadas. La relación con esta urbe extraña se parece mucho al amor: uno se aproxima con los ojos, juzga sin demasiada seguridad, luego busca en el tacto y los olores un eco receptivo y, si lo encuentra, uno se queda y ama. En caso contrario, si el regusto es acerbo, te largas por más belleza que te pongan delante. Desde luego, Kampala no crea un amor a primera vista. Pero su humanidad acaba por enamorarte.»

Y piensas, inmediatamente, «¡Coño! Quiero ir a Kampala» Pero sigues leyendo y  te encuentras con:

«Sentado en Ripon Falls, frente al borde roto del lago donde nacía el Nilo, todo parecía dulce. Había allí una atmósfera de melancolía y sentía flotar en mi corazón un aire vago de nostalgia..[] El sol viajaba hacia su ocaso, la brisa llegaba húmeda y templada, el viento tenía una tibieza líquida y las nubes afiladas dibujaban garabatos infantiles sobre el cielo terso. Empezaba el canto de los grillos mientras se escuchaban los silbos de los últimos pájaros. Algún martín pescador se empeñaba todavía en buscar peces ene le agua y su sombra plateada golpeaba como un puñal en el río, para salir al instante revoloteando, con su presa prendida en el pico. El sol enrojecía detrás de las colinas redondas, encendiendo las luminarias de su propio funeral. Y el Nilo se ensombrecía en un cerrado azul metálico, iba desapareciendo delante de mis ojos.»

Y decides que quieres ir a Ripon Falls, a ver el nacimiento del Nilo, a conocer a ese animal grande y sensual que es el bosque tropical...

«El bosque tropical parece un alma única que cuenta con una entidad propia y singular, como si las plantas que lo cubren y la fauna que lo habita fuesen partes de un animal grande y sensual, un animal que no es amenazante ni dañino, sino delicado y voluptuoso.»

Quieres vivir en primera persona escenas como

«Una bruma sucia cubría el horizonte sobre las sombras patéticas de los árboles. Entre la calima gris aparecieron luego las sombras móviles de una manada de búfalos, unos cuarenta o cincuenta ejemplares.[] La manada se quedó quieta y los búfalos volvieron la mirada hacia nosotros. Olía a estiércol y a la ceniza de la neblina. Los animales más próximos alzaban la cola, alertaban las orejas, erguían la cabeza sobre el poderoso cuello. [] No eludía mis ojos, al contrario de lo que hacen leones y leopardos, que desvían siempre su mirada a otra parte, como si sintieran un profundo  aburrimiento ante la contemplación de un ser tan absurdo como es el hombre.[] La mirada de aquel búfalo guardaba algo de humana, escondía la conciencia de un ser que sabe a matar y que se siente satisfecho de poder hacerlo.»

Aunque posiblemente no seas capaz de describirlo como lo hace este señor. Pero, de todos los lugares visitados por él, tienes que elegir uno, por cuestiones de tiempo y dinero, y cuando ya estás llegando casi al final del libro, descubres, Tanzania de la que Javier dice que

«Cualquier viajero puede afirmar, sin que nadie le lleve la contraria, que Tanzania es uno de los países más sorprendentes y hermosos de la tierra.»

«Junto a las barrancadas abismales del valle del Rift, ante el soberbio trono del Kilimanjaro, en los bordes del cráter del Ngorongoro, en las sabanas salvajes del gran Serengeti y en las playas nacaradas de Zanzíbar, el alma acta con reverencia animal la grandeza del mundo.»


Y es entonces, cuando decides, con contundencia, a lo Escarlata O'Hara, «A Chuck pongo por testigo de que volaré a Tanzania a visitar el cráter del Ngorongoro»

«Aunque la montaña está a no demasiadas millas del Ecuador, la altura conserva el cráter fresco y agradable. En este bello lugar es siempre primavera. El frío del invierno y el calor del verano nunca llegan aquí. Con caza abundante alrededor, un arroyo de agua fresca en la puerta y bosques llenos de frutos, un hombre podría vivir aquí tan feliz como pudo vivir en el Jardín del Edén, Mirando alrededor, pensé que me alegraría pasar el resto de mis días en el Ngorongoro.» (John Hunter)

Claro está que además de la voluptuosa naturaleza de Tanzania  hay que tener en cuenta pequeños detalles descritos por el maestro Reverte en su libro tales como

«En Tanzania casi nada funciona en absoluto, aunque casi todo acaba por arreglarse siempre.»

«Es fácil entender en consecuencia por qué los anglosajones bautizaron años atrás a la compañía aérea Air Tanzania como 'Air May Be'»

«A la compañía Air May Be la distinguen tres características: nunca cumple los horarios de salida, nunca cumple los de llegada y en muy pocas ocasiones tampoco los itinerarios anunciados. No obstante, Air May Be posee una cualidad especial, sus aviones casi nunca se caen, aunque parece que todos van a derrumbarse desde el momento en que despegan. Viajan dando tumbos, renquean, son viejos como un cocodrilo del Nilo, hacen tanto ruido que es imposible hablar en su interior, nadie sabe si quien manda en el avión es el piloto, la azafata o el sobrecargo, y vuelan entre tormentas que ni el mismísimo Spielberg podría reconstruir con efectos especiales..., pero no se caen.»


Y digo yo, ¿qué necesidad había de describir con tanto esmero a la compañía Air Tanzania si el libro lo puede leer gente que reacciona como esta mujer  en los vuelos? Aún así, piensas que de alguna forma hay que morir y que quieres viajar allí a cualquier precio.

Así que ni cortos ni perezosos, mi santo y yo, decidimos que aquel febrero de 2001, viajaríamos a pasar nuestra Luna de Miel en el cráter del Ngorongoro. Eso sí, para que nos saliera más barato, teníamos que volar a Zanzíbar, pasar unos de días en un resort para turistas y después, con Air Tanzania, volar al continente. Bueno, no era mi plan inicial, pero si leías lo que Reverte contaba de Zanzíbar y la Ciudad de Piedra, tampoco se te ponía mal cuerpo.

«[...]los olores sensualizaban el aire de la Ciudad de Piedra. Cruzaba junto a mujeres que dejaban tras de sí un rastro de jazmines; luego vibraba cerca de mis narices el aroma a clavo que salía del interior de una tienda de especias; después eran la canela, el cardamomo y el perfume del jenjibre; y más allá, la fragancia del té de yerbabuena y los potentes efluvios de un café arábigo. Oler se convertía en Zanzíbar en un acto de hedonismo supremo [...]»

Eso sí, antes del viaje, te tienes que poner una batería de vacunas nada despreciable para que la aventura no te salga más cara de la cuenta. De este episodio, recuerdo que me llamó la atención el hecho de por vivir en Sevilla y beber agua del grifo, te libras de pincharte contra la Hepatitis B, mira tú qué cosas. Aún así, estuve cojeando varios días a causa de la de la fiebre amarilla creo. 

Por aquella época, era la subdirectora de ordenación académica del centro en el que trabajaba y, antes de marcharme, me dediqué a enviar correos delegando mis funciones a otros miembros del equipo directivo y de la secretaría del centro, mensajes que terminaban con frases del tipo: «Y mientras tú estés en la reunión de xxxxx, yo estaré contemplando...» y a continuación alguna foto de algún animal en el Serengeti o en el Ngorongoro. 

No hace falta decir que algunas de las respuestas a estos correos incluían insultos hacia mi persona de mis amados compañeros y sin embargo, amigos. Nos regalaron todas las pijadas habidas y por haber de Coronel Tapioca, brújulas, linternas, redes para mosquitos, zumbadores... Nos compramos otro ejemplar del libro de Reverte, para evitar las broncas que pudieran desestabilizar la boda y, por lo tanto, los quince días de permiso. La noche antes del viaje, como estaba nerviosa por el vuelo de Air Tanzania, mi amado esposo me invitó al cine a ver ¡Naúfrago! Anda que... Aún así, quería ir al Ngorongoro. Antes de dormirme esa noche, mientras releía la descripción del cráter en El sueño de África, me abracé con lágrimas en los ojos a mi santo y le dije «Cielo, me parece mentira que vayamos verlo con nuestros propios ojos»

Volamos de Sevilla a Barajas, riéndonos como dos adolescentes enamorados, mi larga melena roja cubría el hombro de mi amado mientras hablaba compulsivamente de todo lo leído sobre Zanzíbar y Tanzania. Pero al llegar a Barajas y acercarnos al mostrador del operador que debía darnos nuestras cartas de embarque, nos dieron una copia de un fax del Ministerio de Asuntos Exteriores en la que se desaconsejaba viajar a Zanzíbar por graves disturbios en el país. Hielo sobre nuestras sonrisas. «Esto es una broma, cielo» decía yo nerviosa mientras buscaba la cámara oculta «Mis compañeros, que me quieren gastar una broma por haberles dado tanto la lata con el viaje» Pero no, seguían llegando viajeros y a todos le decían lo mismo. Algunos decían que sí que volaban, los que portaban  cantidades ingentes de material fotográfico renunciaban a volar, no querían pasar 10 días encerrados en el resort, yo lloraba. Llamamos a compañeros de la Universidad para que mirasen en Internet y nos confirmaban que sí, que había una muy gorda liada en Zanzíbar tras un supuesto pucherazo en unas elecciones y que los agraviados atentaban contra los hoteles propiedad de los que habían mangoneado en el escrutinio. La hermana de un compañero acababa de llegar de Zanzíbar donde permaneció dos días sin poder salir del hotel. La agencia de viajes en Sevilla nos aconsejaba volver, nos devolvían el importe íntegro del viaje.

Mi sueño de África se esfumaba. No queríamos ir a encerrarnos en un hotel de lujo, queríamos ir a Tanzania, pero los vuelos al continente no nos lo aseguraban.  Poco a poco, con dolor e impotencia, aceptamos lo evidente. Teníamos que renunciar al Ngorongoro, por ahora. Volvimos ese mismo día a Sevilla. A la mañana siguiente, con el cabreo y la frustración, me corté el pelo, a lo militar ¿Por qué? Yo qué sé, estaba enfadada y me dio por ahí.

En la agencia de viajes teníamos que decidir dónde ir al día siguiente, las vacaciones por matrimonio seguían corriendo. Alberto propuso los fiordos. Nada de frío, dije yo. Nepal. Imposible, había que pasar una noche en Karachi y no teníamos visado, tampoco para China. Después de descartar por esos y otros motivos algunas de las propuestas, nos quedaban dos: Argentina-Brasil o Tailandia-Bali. No sabíamos cuál elegir, fue una moneda de cien pesetas la que decidió que voláramos a Asia, de lo cual me alegro cada vez que lo pienso, porque descubrí otro paraíso: Bali.

Y así fue como me quedé con las ganas de conocer aquella parte del continente africano que fascinó a Lugard, Baker, Speke, Burton, Livingstone, Stanley y tantos otros europeos, cuyas historias narraba con maestría Reverte en su libro.

«Y África los cambió a todos, haciendo de Livingstone un explorador, de Baker un formidable narrador de historias, de Burton un neurótico vagabundo, de Speke un héroe trágico y de Stanley un conquistador. A la postre, uno por uno cayeron seducidos por el mal de África. Y todos murieron soñando con regresar.»

Sin lugar a dudas, de todas las historias de europeos  contadas en El sueño de África la que siempre me emociona hasta las lágrimas es la de Paul Von Lettow., que como un Caballero, luchó por Alemania en el África negra, ayudado por sus guerreros  askaris. A su regreso a Alemania, luchó para que a éstos se le reconocieran y pagaran sus esfuerzos. Murió en 1964, el mismo año que el Parlamento alemán acordaba al fin, pagar los atrasos (sueldos y pensiones) a los que lucharon a su lado por Alemania. Pusieron un anuncio para convocar a los askaris que lucharon con el ejército alemán entre 1914 y 1918. Se presentaron alrededor de trescientos ancianos, pero muy pocos conservaban la acreditación que les proporcionó Von Lettow en 1918

«El pagador tuvo entonces una feliz idea. Comenzó a ordenar, en alemán, movimientos de instrucción militar […] Ni uno solo de aquellos anciano dudó y todos ejecutaron a la perfección la orden del pagador»

También me quedé con las ganas de descubrir  el pensamiento de los masais

«La religión de los masai carece de normas. Su dios, Ngöi, es poco más que una referencia de la Creación y no promete a los hombres otra cosa que la soledad.»

«Yo mismo soy un hombre circular, nunca quiero ir a un punto en el horizonte, al contrario de lo que hacen ustedes los europeos, siempre obsesionados con el futuro, empeñados en llegar siempre a alguna parte. El alma swahili vuelve siempre sobre sí misma, galopando sobre los monzones. Salimos del pasado y volvemos al pasado después de darnos una vuelta por el futuro. Ustedes son distintos: gastan su vida destruyendo el pasado y cuando alcanzan el futuro ya están viejos y cansados. El hombre es sólo memoria y regreso, señor.»

Como dice Javier Reverte  en su maravilloso libro

«África tiene un aura especial y la tersura de un sueño infantil»

«El sueño de África tal vez no sea más que un afán de aventura, la resistencia infantil del corazón a aceptar la vulgaridad y rutina del mundo.»

Seguiré soñando con África y ahora, también por culpa del mismo, con las tierras de la fiebre del oro. 






viernes, 17 de junio de 2011

El tren de la Fresa (Relato)



Me vino estos días a la cabeza un recuerdo, catalogable dentro de "Amigos que no he vuelto a ver", de un chico que hace muchos años, en 1988, me abordó en el Giralda Expreso y con el que pasé uno de los domingos más divertidos de mi vida viajando a Aranjuez en el Tren de la Fresa, con él como ayudante de maquinista. He usado esa linda historia como punto de partida para un relato de ficción en el que se han colado algunas referencias autobiográficas (casi todo lo que se refiere a Javier,  aunque no sea su nombre real). 


El tren de la Fresa

--¿Refresco, café, cerveza?
--¿Perdón?
--Que qué prefieres que te traiga, ¿refresco, café, cerveza?

Ella lo miraba con ojos como platos, no lo había visto acercarse a su asiento. Desde que el tren se puso en marcha, no había pestañeado ni una sola vez, absorta en el paisaje sevillano que dejaba atrás para siempre. Para siempre. ¿Sería capaz de no volver?

--Si no me dices nada, te traeré lo que yo quiera, y claro, puede que no acierte y esta relación empezará mal.
--Pero, ¿de qué hablas?--dijo Clara mientras se descubría sonriendo por primera vez después de muchos meses-- No quiero nada, de verdad, muchas gracias.
--Está bien. Tú lo has querido, espero no cagarla demasiado.
--No, de verdad, espera, que no...

Pero él ya no la estaba escuchando. Sin poder dejar de sonreír, se levantó cansinamente y lo siguió hasta el coche número cuatro.

--Te invito yo--le dijo.
--Sí, claro, ya lo dijiste tú...¡encima!-- protestó Javier, cómicamente enfadado.

El resto del viaje lo pasaron contándose historias superfluas de sus respectivas historias.

--Cuando lleguemos a Atocha tengo que salir pitando, dame tu móvil.

Clara se quedó de nuevo dudando, había pasado un rato muy divertido, era cierto, pero él era un chico demasiado joven. Ella tenía 38 y él no llegaba a los 30, ¿qué sentido tenía todo esto? Se puso muy seria de repente:

--No sé, Javier...no sé...la verdad...
--Venga, Clara, no has parado de reírte desde que nos hemos encontrado. Por cierto, tienes una muela rota. No tengo mucho tiempo libre en el colegio, pero te puedo llevar a Aranjuez en el Tren de la Fresa.

Ella volvió a arrugar toda su cara esperando que le explicara qué era eso del tren de la fresa, pero no lo hizo.

--Está bien, niña cabezota, no te insisto más. He oído de gente que fueron felices aún sin haber estado nunca en Aranjuez...
--Toma, bicho, llámame.
--Te va a encantar el palacio--le dijo mientras pellizcaba la mejilla de Clara suavemente y se bajó del tren casi antes de que éste parara.

Clara, ruborizada, se quedó sonriendo y con la mejilla ardiendo.

--¡Adiós, pelirroja!
--Adiós, elemento...

Mientras recogía sus cosas y se ponía el abrigo, seguía sonriendo y encantada. El frío de la ciudad le devolvió al mundo. Recordó de pronto la silueta recortada de él en la puerta de Santa Justa, aquella misma mañana, cuando se lo encontró por sorpresa al llegar.

--¿Te vas de verdad?
--Claro.
--Suerte.

Esa fue la despedida, esa palabra y un beso de refilón en la comisura de los labios, un beso frío, cortante como un cristal roto.

Ya estaba en Madrid. Estaba sola. Peor aún. Estaba sin él. De nuevo, el estómago se comprimió y aquel sabor amargo volvía a su boca. Sólo llevaba una maleta, no muy grande, y el maletín del portátil; subiría paseando hasta la calle del Olivar, al piso que su amiga Marta le había buscado.


--Para ya, pesado.
--No, voy a besarte en todos los números de la calle Libertad.
--Estás loco.
--Por ti, jamona.

"El olor a curry se llevará tus penas" le había prometido Marta la noche anterior en su conversación en Gtalk. Cuando ésta abrió la puerta del piso, Clara la abrazó llorando. Era un piso antiguo y feo, muy feo, pero estaba lleno de fotos preciosas que ella reconocía, eran fotos hechas por Marta. Sonaba "Hoy puede ser un gran día" de Serrat, un cuadro con una espectacular fotografía de la Pedrera presidía el saloncito, había macetitas pequeñitas recién regadas con flores azules y un post--it advertía: "Es lo único blue que permite el casero en este inmueble", en el pequeño frigorífico había cava y queso, dos de las pasiones de la nueva inquilina.

--¿Has comprado queso, cabra loca?
--Sep, y del más asqueroso y pestoso que he encontrado.
--Te odio, cabra loca. Y todas estas fiambreras ¿qué hay?
--Mi madre te da la bienvenida a la ciudad con sus especialidades más afamadas.

Aunque constantemente recibía muestras de amor, nunca se acostumbraba, se ruborizaba y se emocionaba como una niña.

--Déjate de llantos, mocosa, invítame a comer.

Almorzando en Chez Farida, se pusieron al día de los últimos detalles que Clara necesitaba para instalarse en Madrid. Pero en ningún momento mencionó a Javier, se había olvidado por completo de él. Estaba emocionada con su amiga y asustada con su cambio radical de vida. Ni siquiera tuvo un segundo para pensar en Ángel, y Marta puso mucho de su parte para que éste último no apareciera en escena.

--Te llevaré a los jardines de Irán.
--Pero yo no quiero vivir en Irán, quiero vivir en Barcelona.
--Está bien, tendremos una taberna en el Raval.
--Mejor.
--Tú pasearas voluptuosa entre los clientes, todos se enamorarán de ti. Yo escribiré poemas en una mesita en un rincón.
--¡Mentiroso! Tú estarás leyendo Microsiervos...
--Bueno, pero te escribiré poemas geeks...

A pesar de sus reticencias, le gustaba vivir en Madrid. No trabajaba, había pedido una excedencia por depresión, se pasaba los días paseando, comprando libros en una librería de la calle Ave María, donde había hecho un nuevo amigo, Íñigo; haciendo fotos con el Android con que rellenar su cuenta de Tumblr, viviendo, tratando de recordar, de no olvidar, para poder seguir sintiéndose viva.

--Cuando vayamos a Estambul...
--¿Cuándo iremos a Estambul?
--Pronto, niña impaciente.
--¿Me lo prometes?
--¿Hace falta?
--No, claro que no.


--¿Sí?
--¿Clara?
--Sí, ¿quién es?
--Soy el principe de Bekelar
--¡Jajajaja!
--¿Te has comprado algo precioso para ir este domingo al Palacio?
--Sí, una capa roja, con cuello de armiño.

--Ya hay girasoles nuevos.
--Sí, claro
--Vamos
--¿A dónde?
--A amarnos entre los girasoles.
--No, que la última vez nos pillaron.
--Vamos, jamona cobarde.

Fue uno de los días más divertidos de su vida. El Tren de la Fresa, como cabía esperar, estaba lleno de dulces jubilados. Javier, se presentó con un mono de ferroviario.

--¿Y esto?
--Te dije que te llevaría y te voy a llevar.

Clara se sentó sola en el vagón lleno de abuelitos y abuelitas, sonriendo, feliz. Javier entraba cada cierto tiempo en el vagón, y preguntaba en voz alta:

--¿Han visto alguna vez a alguna mujer más guapa?

Todos coincidían en que no, él hacía una reverencia y le besaba la mano y se iba, andando como si llevase una espada de caballero. Todo era tan irreal como absurdo, tan ridículo como maravilloso, como decía Pessoa. Pero ella disfrutaba y decidió darse otra oportunidad.

Aquella noche, Clara ya no lo escuchaba, se perdía en la mirada infantil y viva de Javier mientras él le contaba algo sobre Zenet y su banda en el Café Central.

De vuelta a casa, ella cogió su móvil para escribir algo en Twitter.

--Ya estamos, estás enganchada a ese cacharro...

--Que no, que no... --le contestó casi sin mirarlo.

Javier le arrancó el móvil de las manos y salió corriendo, cruzando la calle Atocha. Ella, riendo a carcajadas, salió tras él. Sonó en ese momento el teléfono de ella:


--¿Sí?
--¿Quién eres tú? ¿Y Clara?
--Soy un amigo.
--¿Qué amigo? ¿Qué pasa? ¿Dónde está Clara?
--No está.
--Joder, ¿qué es todo esto? ¡Dile que se ponga, por Dios!

Javier no podía hablar. Frenazos, gritos, Marta gritando en el móvil de Clara, gente corriendo hacia el lugar del atropello...la capa de armiño se había teñido con sangre de la pelirroja.