domingo, 3 de julio de 2011

Math Working (Matemáticos por el mundo)


¿Quién se pregunta alguna vez para qué sirve el Quijote? ¿Para qué es necesario Harry Potter? ¿Cuándo van a usar un poema de Lorca?

¿Qué cambiaría si sólo nos enseñasen gramática y ortografía? Si nadie nos hubiese leído un cuento, recitado un poema. Si nunca hubiésemos leído una novela, un apasionante libro de viajes, una interesante biografía...

¿Cuántas campañas institucionales se han diseñado para inculcar o reforzar el hábito de leer? ¿Cuánto se nos ha informado y aconsejado a las familias para que leamos e invitemos a leer a nuestros hijos? ¿Cuántos eventos alrededor de los libros se celebran?

A lo mejor no los suficientes, está claro.

Pero ahora, repítamos esas mismas preguntas que encabezan esta entrada cambiando la lectura por el conocimiento y entendimiento de  las ciencias, en general, y por las matemáticas en particular.

No trato de comparar, porque sería absurdo, creo, la literatura con la ciencia; ni mucho menos, propiciar el debate, tan manido como innecesario, de letras contra ciencias. No. Soy matemática, eso sí es cierto, pero encuentro un placer irremplazable en embeberme en una novela, un libro de viaje o una buena biografía.

Se trata simplemente de una pequeña reflexión sobre la necesidad de inculcar en la población la necesidad de conocer unos mínimos sobre matemáticas y hacerlo, como se hace con la gramática, “recitando” la belleza de las formas geométricas, declinando un desafío a la lógica, dramatizando lo intrincado de un puzzle, deslizándonos por una escalera de Escher sin saber si sube o si baja...

Ya se ha acuñado y usado el término anumerismo, para designar a este mal que cada vez se hace más evidente, toda vez que Google nos desaloja espacio en el disco duro cerebral para recordar cosas como la lista de los reyes godos, los afluentes del Misisipi o la capital del Reino de  Lesoto.

Evidentemente estoy a favor de atesorar una cultura general que abarque temas como la literatura, geografía, historia, filosofía...Es necesaria, entiendo, para nuestro crecimiento como personas, nos enriquece y nos ayuda a entender y ser tolerantes con el comportamiento de otras culturas y/o civilizaciones, o incluso con la nuestra en otros siglos pasados. 


Pero no estaría de mal tampoco entender la naturaleza que nos rodea, la que llevamos dentro, la tecnología que empapa nuestras vidas, los intereses que nos cobra el banco y el ahorro real de una oferta en el supermercado.

Me atrevería a decir que nos afecta tanto a nuestro 'modus vivendi' las tradiciones culturales o el clima como el acceso a la información y las nuevas tecnologías, por ejemplo.

¿A qué se debe entonces, por ejemplo, el anumerismo? ¿A qué sólo nos enseñaron en el colegio aritmética? No lo sé, pero no es una opción desdeñable, desde mi punto de vista.

Afortunadamente, en la actualidad hay un movimiento, o al menos así lo percibimos algunos, que intenta dar tratamiento, en la medida de sus posibilidades, a este “mal”. Profesionales o no de la divulgación científica que intentan inculcar la belleza del conocimiento científico en general, y el matemático en particular. No estaría mal tampoco una campaña por parte de alguna administración pública con lemas como, no sé, “Resuelve un sudoku con tu hijo” ¿no?

Hoy quiero hablar, un poco, sobre el trabajo que, dentro de este movimiento, desarrolla George Hart, hasta hace muy poco profesor en la Universidad de Stony Brook  y en la actualidad, director de contenidos del MOMath que, aunque ya tiene una actividad frenética de columnascharlas y eventos, no abrirá sus puertas al público hasta el otoño de 2012.

Conocí a George Hart en un almuerzo con un colega común en Stony Brook en Abril de 2008. Casi no probó bocado. Traía los bolsillos de su pantalón y el de su camisa, repleto de puzzles diseñados y fabricados por él. Casi no comimos ninguno, todos queríamos desmontar y montar aquellos cubos formados de 3, 4 o 6 piezas indistinguibles entre sí. Nos invitó a su despacho y fue una experiencia inolvidable.







Recuerdo que pensé que aquella oficina pequeña y oscura, había sido uno de los museos que más había disfrutado jamás.  No sabía que aún nos invitaría a tomar el postre aquella noche en su casa, no esperaba entrar en el templo del culto a las formas geométricas. Con vino italiano y deliciosas tartas de una pastelería local, siete doctores en matemáticas, sentados en el suelo, rodeados de puzzles de George, pasamos una velada inolvidable, jugando con matemáticas.



En Octubre de ese mismo año, el profesor Hart nos devolvió la visita a Sevilla, a nuestro Departamento y aparte de impartir dos conferencias, a distinto nivel (una para investigadores y otra para todos los públicos), supervisó y dirigió la construcción de una escultura  con CD's que habíamos reciclado entre nuestros estudiantes de la ETSII.

Hace unas semanas, en nuestra última visita a New York, tuve la ocasión de volver a encontrarme con este niño grande que juega, con los ojos brillantes, a hacer Matemáticas. 

La cita era en Madison Square Park, a partir de las 11, en una especie de festival infantil que se celebraba allí.


Yo bajaba ilusionada por la 5ª avenida, disfrutando de una ciudad que me encanta y ansiosa por jugar con los juguetes de Hart.






Y me lo encontré, naturalmente, jugando:











Y es que jugando y tocando las Matemáticas, les vamos acercando a ellas, como los primeros cuentos nos acercan al placer de la literatura, o como Willy Fog (versión animada  de  Phileas, el personaje de Verne) nos invitó a mirar el globo terrestre y estudiar geografía para poder ir comprobando, con cierta angustia eso sí, si le daba tiempo o no, o como Marco nos señaló en el mapa los Apeninos y los Andes…









Es tan tierno y divertido ver jugar a George con los niños, ver las caras de los “trabajadores”…






Niños y Matemáticas, genialidad y lógica.







Los niños disfrutaban atornillando acróbatas entres sí



Algunas niñas no podían dejar de sonreír


Y finalmente, los acróbatas, en manos expertas, rodaron por el césped de Madison Square Park






Por la tarde, había que preparar, cerca de Washington Square, el Math Midway para el domingo.


¡¡Manos a la obra!! Math working!


¡Oh!, parece que hay que cambiar las gomas a la bicicleta de ruedas cuadradas…



Oye y ya que estaba por allí, ¿puedo ayudar?



Pero qué sucio quedó esto después de la última Math Midway... y el arquitecto que ayuda a Hart con sus diseños se tira al suelo a fregar.




Y tras muchas horas de trabajo consiguen montar el Midway, con la supervisión hasta el último minuto de George, que no es que cuide sus ‘juguetes’, él los mima, los acaricia…

Ahora hay qué decidir dónde quedamos mañana en la Math Midway del Momath.


¿En la esquina de Euler?




¿En el puerto de Pitágoras?




Lástima, el juego de palabras de las caídas parabólicas y las cataratas no me sale en español.




¿En el campo infinito?




¿O, simplemente, en un punto aleatorio?




Y al día siguiente…

¿Conseguiremos teselar el panel blanco?







¿Sabes topología para desatar a tu mascota?




Si sabes tirar de una cuerda, ¡no tienes que hacer dieta!




Con una mano no se tapa la Luna, no, pero, ¿con 5 círculos?





Voy a probar la máquina de funciones, a ver…




Vaya, alguien le pidió alguna muy difícil y se rompió.

A George se le ve cansado, extenuado, pero sigue, y sigue jugando y explicando a los niños





Mucho trabajo, muchas Matemáticas para que los niños, y algunos no tan niños, disfruten






Y todo esto con el MoMath aún sin abrir, porque el Museo no abre sus puertas hasta el Otoño de 2012. Eso sí, George y el resto de sus compañeros, trabajan duro ideando, diseñando los ‘juguetes’ que podremos disfrutar en él.


Y yo pienso, por Gauss, ¡yo quiero trabajar para el MoMath con Manhattan por la ventana!



En fin, no me puedo quejar que mi trabajo también me encanta y Sevilla, tampoco está mal, oye.

Termino agradeciendo a George haberme dejado ‘jugar’ con él una vez más.



Thank you, George, I’m looking forward to see you soon.

P.S. Tengo que confesar que yo no estuve ayudando hasta el final, ¿eh?, que me escapé a Washingtong Square un ratito a escuchar a los cantantes espontáneos






viernes, 1 de julio de 2011

Se puede viajar a la dimensión 43 y seguir siendo un tío simpático, como Paco Santos







Si es que volar no debe ser ni bueno... Francisco Santos Leal  (Paco para sus amigos, muchos) es profesor de la Universidad de Cantabria y ha sido noticia en el último año por haber refutado, después de 53 años la conjetura de Hirsch. Paco volaba desde Bilbao camino de Paris leyendo On the Exact Maximum Complexity of Minkowski Sums of Convex Polyhedra (de Fogel et al.) cuando se le ocurrió cómo construir el contraejemplo que la desmontaría. Afortunadamente, anotó las ideas en un cuaderno que llevaba y no en el margen de la citada revista porque la dejó olvidada en el avión y se hubiese repetido la historia de Fermat.

Sobre el trabajo de Paco alrededor de la citada conjetura se han publicado en revistas y en blogs artículos bastante interesantes, no voy a tratar de contarlo mejor de lo que ya lo han hecho, por ejemplo Tomás Recio en este blog,  ni tan  exhaustivamente como lo ha hecho Gaussianos en su blog ... 
También los medios menos especialistas se hicieron eco de la noticia y, sobre todo, me resulta especialmente emocionante este artículo  publicado en Lastampa el pasado 27 de Abril, en el que el profesor Bernd Sturmfels  reconoce honestamente que Paco resolvió con brillantez el problema que él abandonó después de un año por encontrarlo demasiado complicado.


Pero Paco es mi amigo y acabamos de coincidir en la Universidad de Alcalá de Henares durante la celebración del EGC de este año y, aprovechando que estábamos en el Carnaval de Matemáticas, le pedí que me concediera una entrevista para Seispalabras, a lo que accedió con su amplia sonrisa y su mirada alegre y traviesa. La cita sería durante el coffee break de la mañana del Jueves 30 de Noviembre, en la meeting room del congreso. Quiso el azar y los buenos vinos de La Suite en Alcalá de Henares, que la noche anterior, tras el banquete de gala del congreso nos acostáramos un poco tarde y que la mañana del día en cuestión estuviésemos los dos más bien dormidos.

“La grabamos en vídeo, Paco, que no tengo ganas de escribir, ¿vale?”

Y eso hicimos. Un par de preguntas informales, una charla entre dos colegas que se encuentran de cuando en cuando y que se ríen ebrios de geometría y sueño.

Por cierto, podréis ver en el vídeo que, a pesar del cansancio, además de ser un tío brillante como conozco pocos, Paco es simpático, cariñoso y guapo, muy guapo.




Podéis ver el vídeo también en Youtube

Pues sí, como se dice en el vídeo, tengo el honor de llevar en mi tesis doctoral un contraejemplo que se le ocurrió hace algunos años, 14, durante un congreso en Barcelona. También al día siguiente de la cena del congreso, por cierto. Fue un banquete el que nos ofrecieron tan espectacular como delicioso, pero excesivo. Como consecuencia, nadie pudo dormir aquella noche, tratando de hacer la digestión. Los había que paseaban por los pasillos, otros leían, matemáticas y/o ficción, otros veían la tele...pero nuestro desvelado de Santander encontró un contraejemplo que aparecería en mi tesis “Geometría Computacional en Superficies” y posteriormente en nuestro libro. Si es que este chico ¡vale un potosí!


Por cierto, me pidió que os rogara que cada vez que volarais en Air France, miraseis en los bolsillos de los asientos por si encontráis un ejemplar del volumen 42 de Discrete and Computational Geometry, porque aunque no esté descrito el contraejemplo en el margen, le gustaría tenerla de recuerdo.




Gracias Paco, por secundarme en todas mis ocurrencias. Es un verdadero placer y todo un orgullo haber “crecido” cerca tuya. Nos vemos en Puerto Vallarta, a ver si encontramos al Capitán Stubing.




Con esta entrada participo en la edición 2.5 del Carnaval de Matemáticas, en esta ocasión hospedada por Mago Moebius




viernes, 17 de junio de 2011

El tren de la Fresa (Relato)



Me vino estos días a la cabeza un recuerdo, catalogable dentro de "Amigos que no he vuelto a ver", de un chico que hace muchos años, en 1988, me abordó en el Giralda Expreso y con el que pasé uno de los domingos más divertidos de mi vida viajando a Aranjuez en el Tren de la Fresa, con él como ayudante de maquinista. He usado esa linda historia como punto de partida para un relato de ficción en el que se han colado algunas referencias autobiográficas (casi todo lo que se refiere a Javier,  aunque no sea su nombre real). 


El tren de la Fresa

--¿Refresco, café, cerveza?
--¿Perdón?
--Que qué prefieres que te traiga, ¿refresco, café, cerveza?

Ella lo miraba con ojos como platos, no lo había visto acercarse a su asiento. Desde que el tren se puso en marcha, no había pestañeado ni una sola vez, absorta en el paisaje sevillano que dejaba atrás para siempre. Para siempre. ¿Sería capaz de no volver?

--Si no me dices nada, te traeré lo que yo quiera, y claro, puede que no acierte y esta relación empezará mal.
--Pero, ¿de qué hablas?--dijo Clara mientras se descubría sonriendo por primera vez después de muchos meses-- No quiero nada, de verdad, muchas gracias.
--Está bien. Tú lo has querido, espero no cagarla demasiado.
--No, de verdad, espera, que no...

Pero él ya no la estaba escuchando. Sin poder dejar de sonreír, se levantó cansinamente y lo siguió hasta el coche número cuatro.

--Te invito yo--le dijo.
--Sí, claro, ya lo dijiste tú...¡encima!-- protestó Javier, cómicamente enfadado.

El resto del viaje lo pasaron contándose historias superfluas de sus respectivas historias.

--Cuando lleguemos a Atocha tengo que salir pitando, dame tu móvil.

Clara se quedó de nuevo dudando, había pasado un rato muy divertido, era cierto, pero él era un chico demasiado joven. Ella tenía 38 y él no llegaba a los 30, ¿qué sentido tenía todo esto? Se puso muy seria de repente:

--No sé, Javier...no sé...la verdad...
--Venga, Clara, no has parado de reírte desde que nos hemos encontrado. Por cierto, tienes una muela rota. No tengo mucho tiempo libre en el colegio, pero te puedo llevar a Aranjuez en el Tren de la Fresa.

Ella volvió a arrugar toda su cara esperando que le explicara qué era eso del tren de la fresa, pero no lo hizo.

--Está bien, niña cabezota, no te insisto más. He oído de gente que fueron felices aún sin haber estado nunca en Aranjuez...
--Toma, bicho, llámame.
--Te va a encantar el palacio--le dijo mientras pellizcaba la mejilla de Clara suavemente y se bajó del tren casi antes de que éste parara.

Clara, ruborizada, se quedó sonriendo y con la mejilla ardiendo.

--¡Adiós, pelirroja!
--Adiós, elemento...

Mientras recogía sus cosas y se ponía el abrigo, seguía sonriendo y encantada. El frío de la ciudad le devolvió al mundo. Recordó de pronto la silueta recortada de él en la puerta de Santa Justa, aquella misma mañana, cuando se lo encontró por sorpresa al llegar.

--¿Te vas de verdad?
--Claro.
--Suerte.

Esa fue la despedida, esa palabra y un beso de refilón en la comisura de los labios, un beso frío, cortante como un cristal roto.

Ya estaba en Madrid. Estaba sola. Peor aún. Estaba sin él. De nuevo, el estómago se comprimió y aquel sabor amargo volvía a su boca. Sólo llevaba una maleta, no muy grande, y el maletín del portátil; subiría paseando hasta la calle del Olivar, al piso que su amiga Marta le había buscado.


--Para ya, pesado.
--No, voy a besarte en todos los números de la calle Libertad.
--Estás loco.
--Por ti, jamona.

"El olor a curry se llevará tus penas" le había prometido Marta la noche anterior en su conversación en Gtalk. Cuando ésta abrió la puerta del piso, Clara la abrazó llorando. Era un piso antiguo y feo, muy feo, pero estaba lleno de fotos preciosas que ella reconocía, eran fotos hechas por Marta. Sonaba "Hoy puede ser un gran día" de Serrat, un cuadro con una espectacular fotografía de la Pedrera presidía el saloncito, había macetitas pequeñitas recién regadas con flores azules y un post--it advertía: "Es lo único blue que permite el casero en este inmueble", en el pequeño frigorífico había cava y queso, dos de las pasiones de la nueva inquilina.

--¿Has comprado queso, cabra loca?
--Sep, y del más asqueroso y pestoso que he encontrado.
--Te odio, cabra loca. Y todas estas fiambreras ¿qué hay?
--Mi madre te da la bienvenida a la ciudad con sus especialidades más afamadas.

Aunque constantemente recibía muestras de amor, nunca se acostumbraba, se ruborizaba y se emocionaba como una niña.

--Déjate de llantos, mocosa, invítame a comer.

Almorzando en Chez Farida, se pusieron al día de los últimos detalles que Clara necesitaba para instalarse en Madrid. Pero en ningún momento mencionó a Javier, se había olvidado por completo de él. Estaba emocionada con su amiga y asustada con su cambio radical de vida. Ni siquiera tuvo un segundo para pensar en Ángel, y Marta puso mucho de su parte para que éste último no apareciera en escena.

--Te llevaré a los jardines de Irán.
--Pero yo no quiero vivir en Irán, quiero vivir en Barcelona.
--Está bien, tendremos una taberna en el Raval.
--Mejor.
--Tú pasearas voluptuosa entre los clientes, todos se enamorarán de ti. Yo escribiré poemas en una mesita en un rincón.
--¡Mentiroso! Tú estarás leyendo Microsiervos...
--Bueno, pero te escribiré poemas geeks...

A pesar de sus reticencias, le gustaba vivir en Madrid. No trabajaba, había pedido una excedencia por depresión, se pasaba los días paseando, comprando libros en una librería de la calle Ave María, donde había hecho un nuevo amigo, Íñigo; haciendo fotos con el Android con que rellenar su cuenta de Tumblr, viviendo, tratando de recordar, de no olvidar, para poder seguir sintiéndose viva.

--Cuando vayamos a Estambul...
--¿Cuándo iremos a Estambul?
--Pronto, niña impaciente.
--¿Me lo prometes?
--¿Hace falta?
--No, claro que no.


--¿Sí?
--¿Clara?
--Sí, ¿quién es?
--Soy el principe de Bekelar
--¡Jajajaja!
--¿Te has comprado algo precioso para ir este domingo al Palacio?
--Sí, una capa roja, con cuello de armiño.

--Ya hay girasoles nuevos.
--Sí, claro
--Vamos
--¿A dónde?
--A amarnos entre los girasoles.
--No, que la última vez nos pillaron.
--Vamos, jamona cobarde.

Fue uno de los días más divertidos de su vida. El Tren de la Fresa, como cabía esperar, estaba lleno de dulces jubilados. Javier, se presentó con un mono de ferroviario.

--¿Y esto?
--Te dije que te llevaría y te voy a llevar.

Clara se sentó sola en el vagón lleno de abuelitos y abuelitas, sonriendo, feliz. Javier entraba cada cierto tiempo en el vagón, y preguntaba en voz alta:

--¿Han visto alguna vez a alguna mujer más guapa?

Todos coincidían en que no, él hacía una reverencia y le besaba la mano y se iba, andando como si llevase una espada de caballero. Todo era tan irreal como absurdo, tan ridículo como maravilloso, como decía Pessoa. Pero ella disfrutaba y decidió darse otra oportunidad.

Aquella noche, Clara ya no lo escuchaba, se perdía en la mirada infantil y viva de Javier mientras él le contaba algo sobre Zenet y su banda en el Café Central.

De vuelta a casa, ella cogió su móvil para escribir algo en Twitter.

--Ya estamos, estás enganchada a ese cacharro...

--Que no, que no... --le contestó casi sin mirarlo.

Javier le arrancó el móvil de las manos y salió corriendo, cruzando la calle Atocha. Ella, riendo a carcajadas, salió tras él. Sonó en ese momento el teléfono de ella:


--¿Sí?
--¿Quién eres tú? ¿Y Clara?
--Soy un amigo.
--¿Qué amigo? ¿Qué pasa? ¿Dónde está Clara?
--No está.
--Joder, ¿qué es todo esto? ¡Dile que se ponga, por Dios!

Javier no podía hablar. Frenazos, gritos, Marta gritando en el móvil de Clara, gente corriendo hacia el lugar del atropello...la capa de armiño se había teñido con sangre de la pelirroja.


jueves, 16 de junio de 2011

... and the winners are..

Ya tenemos ganadores del Carnaval de Matemáticas 2.4. Sí, ganadores porque hubo empate 

Daniel Martín Reina con Los anillos de Borromeo



Aquí tenéis vuestro premio compartido



Muchas gracias a todos por vuestra participación, y dejadme hacer una mención especial a @ivsu  que sin ser matemático, ni siquiera cercano, nos regló un relato para esta edición.

Ahora preparad vuestras entradas para la edición 2.5. en Juegos Topológicos








sábado, 11 de junio de 2011

A la tercera va...la trigonometría


Pues después del 1, viene el 2 y después el 3 (si contamos en el conjunto de los naturales, claro, os acordáis de todos los conjuntos de números, ¿verdad?)

Y si el primero estuvo dedicado al número 1, que nunca fue un soldado; el segundo a los 'poderes mágicos' del número 2; el tercero está dedicado a los polígonos de 3 vértices, 3 esquinitas, y pretende ser una pequeñísima incursión en el apasionante mundo de la Trigonometría y sus aplicaciones.

El título de esta tercera entrada de Mati y su Mateaventuras en el Pequeño Libro de Notas es:


Puede que a alguno os suene parecido al título de un cuento de de Jèrôme Ruillier, Por cuatro esquinitas de nada. Pues sí. Se trata de uno de los cuentos favoritos de mis hijos y también mío (a pesar de que no salgan ¡triángulos!)

Llegó a nuestras manos desde las de una Maestra (sí, con mayúsculas), mi hermana Maribel. Se trata, desde mi punto de vista, de una maravillosa, elegante y 'geométrica' llamada a la tolerancia con los que son diferentes a nosotros.
Mi hermana Maribel es la que no lleva gafas.


Si seguís mi blog os habréis percatado de mi fascinación por los triángulos, de hecho, ya os conté cómo podían ser , bien para vigilar un museo, bien para entretenerse jugando en Semana Santa (pero valen para cualquier época del año, ¿eh?).

Se ve que a nuestra Mati también le apasionan...

Otro diseño de Raquel

Termino agradeciendo, una vez más, las maravillosas ilustraciones a Raquel Garica i Ulldemolins y a Libro de Notas el dejarme asomarme, cada quince días por esta “ventana” de su casa. Seguro que podemos, entre todos, contribuir una “mijita” en la lucha contra el anumerismo.

Con lo divertido que es hacer Matemáticas...



lunes, 6 de junio de 2011

Sobre la protección de los menores y los ritos católicos.




Hace unos días estaba en la peluquería poniéndome pelirroja cuando escuché a mi lado una conversación, nada extraña ni especial en un pueblo sevillano en mayo:

“-Mi niña vendrá el sábado, después de confesarse.”

Como ya he dicho, esta declaración de intenciones no tiene nada de especial. Es común y lo ha sido durante muchísimo tiempo. Se trataba de una niña que hacía su primera comunión y que iría a peinarse a la peluquería después de confesar sus pecados (¡madre mía!) al cura de la parroquia. Pero ese día, no sé si por efecto del olor del tinte o probablemente porque acababa de dejar a mis hijos en  el cole y aún conservaba el calor de sus besos en la mejilla, saltaron dentro de mí todas las alarmas. Consciente de que aquella señora (y sí, esto es un prejuicio) no iba a entender mis razonamientos, pues parecía absolutamente convencida de su educación judeo-cristiana, me puse a tuitear cómo si no hubiese mañana.

¿¿¿Qué pecados puede tener un niño de 9 años???






Nunca antes, posiblemente porque no tenía hijos, me había parado a pensar en lo inquietante y peligroso que es el acto de confesión de los “pecados” de un menor indefenso con un adulto que no tiene ninguna formación específica  para tratar con nuestros hijos, pero que sí desde el miedo al castigo divino, goza de una posición de poder sobre el niño. Un adulto que su ideología ha castrado y que, como es natural porque el sexo es una necesidad vital, almacena una ingente cantidad de necesidades sexuales reprimidas.

Si a esto añadimos la cantidad de casos denunciados de violación de menores por parte de algunos miembros de esta secta, de verdad,

¿¿no os da pánico a los padres, familias, tutores dejar a vuestro niño de 9 años a solas con él y con la coartada del secreto de confesión??

Y nuestras leyes, ¿no dicen nada al respecto? ¿Protegemos a los niños de las redes sociales porque pueden entrar en contacto con gente a distancia y los dejamos estar a solas, contando sus intimidades a adultos que tienen poder sobre ellos? ¿No debería ser ilegal? ¿No debería hacerse delante de un tutor legal mayor de edad?

¿Os imagináis a vuestro niño de 9 años confesando que se ha tocado, que es lo más normal  y deseable en la fase de descubrimiento sexual, a un adulto a solas, que le va a reprimir o asustar por ello? ¿Qué pasa si ese adulto le amenaza con un castigo divino por contar algo que ocurrió durante la confesión a sus padres?

Son vuestros hijos, son niños, son inocentes, son maravillosos, están llenos de vida por moldear, no pueden, no saben “pecar”, ¿cómo podéis hacerles pasar por eso? Y sobre todo, ¿para qué?

Sinceramente pienso que las familias deberían oponerse a esa exhibición de la intimidad de sus niños y que las leyes de nuestro país deberían 

PROHIBIR LA CONFESIÓN DE MENORES DE EDAD,  COMO PARTE DE LA PROTECCIÓN DE LA INTIMIDAD Y LA INTEGRIDAD FÍSICA Y MENTAL DE LOS MISMOS, así como la pertenencia a grupos ideológicos antes de su mayoría de edad.

                                  
Yo también hice la comunión, mi madre y mi padre no tenían tiempo de pensar tanto como yo, pues se deslomaban para darme una educación y unos estudios que ahora me permiten a mí pensar tanto. Yo sí hice la comunión, con un vestido heredado feísimo, por cierto. Y la confirmación. Y canté en el coro de mi parroquia hasta muy entrada mi adolescencia. No recuerdo ningún tocamiento indecoroso por parte del cura, ni de ninguno de los catequistas o compañeros del coro, pero hay algo que no olvido. Cuando me “preparaban” para la confirmación de mi fe en Cristo (con 11 ó 12 años, porque esta gente tiene la santa costumbre de hacerlo todo antes de la mayoría de edad) empezaba a dudar ya un poco de todo este chiringuito y le espeté al catequista, misógino donde los hubiera (entonces no conocía esa palabra, que conste) que eso del infierno era un rollo, con el diablo, el fuego y tal. Entonces, con los ojos inyectados en ira, fijos y amenazantes sobre mí (una niña, gordita y gafotas) y con una cara de absoluto desprecio me explicó que eso no era el infierno, que el infierno consistía en que “pasabas” a otra dimensión, donde nadie te veía, pero desde donde tú podías ver cómo tus seres queridos se iban olvidando de ti, te sustituían, hablaban mal de tu recuerdo, se burlaban de tus sentimientos, contaban tus secretos...

No recuerdo cuál fue mi reacción en ese momento, podría novelarla pero mentiría. Lo que sí recuerdo son escenas en la cama de mis padres, a media noche, acostada en una esquina, junto a mi madre que me acariciaba el pelo y me decía:

“-No seas tonta, yo te voy a querer siempre y tus hermanos también. No vayas más a esa catequésis, bonita.”

Pero yo me quedada dormida pensando que no podía dejar de ir, por si acaso. Aún no entiendo la maldad que puede inducir a un hombre joven a asustar así a un niña, simplemente por controlar sus impulsos críticos con la fuerza del miedo.

Afortunadamente, en 3º de BUP, lo que ahora sería 1º de Bachiller, mi profesor de filosofía, Antonio Hurtado (otro amigo al que no he vuelto a ver), me llevó de la mano en mis primeros pasos por el mundo del pensamiento crítico que desembocó en mi condición actual de atea y escéptica. Fue  él también quien, un año más tarde, me ayudó a decidir en qué titulación universitaria matricularme. Yo dudaba entonces entre dos: filosofía y matemáticas.

“-Matemáticas, Clari, no lo dudes. Puedes seguir pensando y haciendo filosofía siempre, pero estaría bien que encontrases trabajo.”

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